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Las emociones y el equilibrio

Nuestras actitudes ante la vida son de fundamental importancia. El asumir, por ejemplo, una actitud vigorosa y natural, que genere entusiasmo, alegría y vitalidad, implica un equilibrio interior adecuado. Por medio de este equilibrio, nuestras cualidades positivas se manifiestan espontáneamente. Es así que podemos fluir en cualquier situación que la experiencia nos presenta. 

A veces perdemos el equilibrio, y el color de las emociones tiñe nuestras percepciones. La felicidad es una cualidad lúcida y estimulante que se nubla con el espesor de la ansiedad y la depresión. Eso nos dificulta encontrar satisfacción en cualquier actividad que realicemos.

Hasta que contamos con la suficiente experiencia para poder reconocer nuestros patrones emocionales, puede resultar difícil descubrir una emoción antes de que ésta determine la respuesta que daremos. Por ello, al principio podemos conocer nuestras emociones sólo por sus resultados ―respuestas de ira, tristeza, llanto, alegría…―.

Poco a poco, conforme nos familiarizamos con nuestras tendencias, aprendemos a reconocer los primeros síntomas de una respuesta emocional. Por ejemplo, puede tratarse de una sensación física de opresión y agitación en el abdomen, que lentamente se propaga al pecho. Termina causando un sentimiento pesado en el corazón y a veces en la garganta…

Si logramos relajarnos antes de que la sensación se transforme en emoción, podremos liberar la tensión resultante. Si deseamos calmarnos, ayuda simplemente el tener conciencia del momento presente ―sin cultivar ansiedad por el futuro ni angustia por el pasado―. Podemos seguir este procedimiento con respecto a cualquier situación, permitiendo que la experiencia ocurra. No obstante, debemos desprendernos de todas las expectativas y conceptos. De lo contrario, nuestras emociones tomarán el control de nuestras acciones.

En vez de preguntar “¿por qué?”, debemos observa cómo surge dicha emoción. En lugar de intentar dejarla de lado, haz las paces con la emoción. Es posible conseguirlo observando cuidadosamente ―sin involucrarte― cómo esta emoción se manifiesta en el cuerpo y en la mente, para después disolverse en energía pura.

Con tan sólo sentarnos en silencio y observar sin apego nuestro estado emocional, nos tranquilizamos. De hecho no es necesaria ninguna otra instrucción. Los sentimientos agitados e inquietudes son como el agua turbia, que se aclara al dejarla reposar, cuando se queda quieta y transparente.

Si observamos con profundidad la tensión emocional, podemos descubrir una curiosa paradoja: aun cuando no queremos sufrir, parecemos incapaces de renunciar a nuestra infelicidad. Simplemente, no podemos o no queremos desapegarnos de ésta. Nos aferramos a nuestras respuestas emocionales a pesar de que éstas son negativas, porque nuestras necesidades emocionales, y nuestros apegos son muy fuertes. De hecho, éstos conforman una gran parte de nuestra identidad. Dejarlos ir puede causarnos un fuerte temor y una cierta confusión, ya que sin estos sentimientos tan familiares no sentimos la seguridad de saber quién somos.

El trabajo con las emociones puede ser difícil y es tentador imaginar que existe algún lugar donde los problemas no existen. Pero es ésta nuestra vida: aquí y ahora. Una vez que la oportunidad de este momento se haya esfumado no será posible recuperarla. Por lo tanto, sea cual fuera nuestra situación y nuestros recursos ―cuerpo, mente, energía, conciencia― utilízalos plenamente. De lo contrario estarás desperdiciando tu tiempo y quedarás atrapado o atrapada en la confusión del caos emocional.

Mientras más responsabilidad asumas por tus sentimientos y emociones, y cuanto más trabajes con ellos ‒no sólo ocasionalmente, sino momento a momento y en todas las situaciones‒, más sano y más equilibrado te sentirás. Con el tiempo, cuando surja una emoción, ésta sólo durará un momento, porque serás consciente de ella casi de inmediato. Sin esto no es posible hacer una gestión adecuada de las emociones y alcanzar el equilibrio. Tú decides.