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El autoconcepto y la autoestima

El aumento de la autoestima es un constante reclamo, tanto en consulta, como en la vida en general. Muchas son las personas que a lo largo de los años han buscado ayuda para mejorar su autoestima. La preocupación por la autoestima puede llevar a la persona a buscar a un psicólogo que le enseñe cómo puede mejorarla. 

En cuanto a su naturaleza, lo primero que debe quedar claro es que mejorar la autoestima implica un proceso en el que tiene que cambiar nuestro autoconcepto ―es decir, lo que uno piensa con respecto a sí mismo―. El autoconcepto tiende a ser una visión desde una perspectiva más bien limitada.

Es posible que creamos que somos un ente fijo y estático ―algo que se mantiene igual en el tiempo y el espacio―. Sin embargo, la verdad es que, a lo largo de nuestra vida, todos cambiamos. Se trata de un proceso inevitable. Sin cambios, nos estancaríamos y nos desfasaríamos con respecto al cambiante mundo que nos rodea. 

El cambio nos ofrece la posibilidad de alcanzar diferentes niveles de pensamiento, sentimientos, conducta, comportamiento o forma de ser… El crecimiento es distinto al cambio en el sentido de que va más allá de lo que existe actualmente.

En términos generales, ampliar la perspectiva es como abrir la ventana de una habitación cuyo ambiente está muy viciado. Al abrirla, la atmósfera cambia y la brisa fresca trae consigo nuevas alternativas a nuestra forma habitual de reaccionar.

Por medio de la auto-observación podemos obtener muchas respuestas. Es posible descubrir quiénes somos y qué hacemos. Una auto-observación creativa y persistente puede darnos mucha información. Es posible empezar a entender cómo la mente y el cuerpo están ligados: que los cambios del cuerpo tienen un efecto en la mente, y viceversa. Es necesario intentar ver qué pensamientos están relacionados específicamente con determinadas sensaciones corporales o con sentimientos específicos. También es posible reconocer aquellas circunstancias que provocan ciertas emociones y que causan comportamientos particulares.

Si descubrimos en nuestro interior una característica desagradable, como puede ser el miedo, el odio o el egoísmo, es mejor intentar enfrentarla. Tratar de reprimir una emoción a la fuerza es como lanzar una pelota contra la pared: mientras más energía se emplee, con más fuerza regresará la bola. El aferrarnos a un sentimiento negativo sólo asegurará que éste continúe. Por ejemplo, si mantenemos el pensamiento de que uno es una mala persona, sólo se alimentará y de esa forma se perpetuará su efecto negativo.

Suele ayudar el tomar nota de que energías negativas como éstas se mueven en nuestro interior y podemos dejarlas existir, sin permitir que su fascinación nos controle. Tampoco se trata de huir de ellas. 

 

La ilustración es una foto de Ben Cohen, famoso jugador de rugby y defensor de los derechos LGTB